Las instituciones universitarias y de investigación, como el CNRS, tienen un papel fundamental en nuestra sociedad: deben ofrecer un espacio de reflexión y debate que trascienda las pasiones políticas del momento. Particularmente en las disciplinas de las ciencias humanas y sociales, donde el análisis de los hechos requiere rigor y objetividad, es crucial preservar una cierta distancia emocional para no hundirse en el patetismo o la ideología. Esto es lo que Max Weber llamó neutralidad axiológica, una actitud intelectual que requiere que el académico o investigador deje de lado sus propias opiniones para comprender, de manera imparcial, los fenómenos que estudia. Este requisito es fundamento del trabajo científico y pilar de la institución universitaria.
Sin embargo, en los últimos años hemos sido testigos de una creciente politización de las instituciones académicas, incluidas las más prestigiosas, que se están alejando de su vocación principal. Un caso reciente particularmente problemático es el del CEPED (Población y desarrollo), una Unidad Común de Investigación (UMR) del CNRS y dependiente de la Universidad de París, cuyo sitio web fue recientemente “repintado” con los colores de Palestina, acompañando una moción votada unánimemente por sus miembros. Esta elección no es trivial: es un posicionamiento político explícito, que delata una desviación de la neutralidad y el rigor científico que se espera de una institución de este tipo.
Esta moción plantea varias cuestiones preocupantes. En primer lugar, se apoya en los objetos de investigación del CEPED, centrados en el Sur Global, para sustentar una hipótesis política claramente orientada. Esta instrumentalización de los sujetos de investigación es una deriva peligrosa, porque utiliza el trabajo de la sociología y la antropología para legitimar una visión particular del conflicto palestino-israelí. Sin embargo, es fundamental separar los hechos sociales de los compromisos políticos, especialmente cuando estos últimos son controvertidos.
Más específicamente, la moción del CEPED contiene dos afirmaciones problemáticas. En primer lugar, denuncia la “empresa bélica israelí”, expresión que de manera maniquea reduce un conflicto complejo a la responsabilidad exclusiva de uno de los actores. Esta interpretación ignora la realidad de los conflictos armados que involucran a grupos terroristas y su apoyo estatal, que también llevan a cabo empresas bélicas en nombre de sus intereses geopolíticos. El CEPED, como institución de investigación, debe ofrecer un análisis más equilibrado y matizado de la situación.
En segundo lugar, la moción advierte que la expresión de su “dinámica de solidaridad con Palestina” sería sofocada. Esta afirmación es paradójica, incluso ridícula, porque está formulada precisamente en un sitio web oficial, repintado con los colores de Palestina, que difunde libremente posiciones violentamente antiisraelíes. ¿Cómo podemos pretender que nos silencian aunque tengamos una plataforma institucional para expresar nuestras opiniones?
Esta doble paradoja revela el alcance de la confusión que reina en este tipo de discurso, donde la investigación científica se utiliza indebidamente en beneficio de la retórica militante. Si la situación no fuera tan grave, casi podríamos sonreír. Pero lo que aquí está en juego va más allá del simple registro del absurdo. Cuando instituciones de investigación como el CNRS y sus UMR asumen posiciones políticas públicas, socavan la credibilidad de toda la comunidad académica. El conocimiento, que debería ser una herramienta para la comprensión y la reflexión, se convierte en un arma ideológica, desviada al servicio de intereses partidistas.
Este tipo de postura no tiene nada que ver con un acto de resistencia ante la injusticia. Se trata, por el contrario, de un acto de colaboración con una determinada corriente de pensamiento dominante en determinados ámbitos académicos. Esta confusión entre compromiso político e investigación científica es profundamente peligrosa, porque perjudica la capacidad de los investigadores para producir conocimiento objetivo. También contribuye a la polarización del debate público, donde las posiciones extremas aplastan cualquier espacio para la reflexión y el diálogo críticos.
Es urgente que las universidades e instituciones como el CNRS tomen conciencia de la necesidad de preservar su papel de guardianes del conocimiento y de la neutralidad científica. Si continúan desviándose hacia la politización, corren el riesgo de perder su credibilidad y traicionar su misión principal. Las cuestiones de esta desviación no son sólo académicas, sino que conciernen a toda la sociedad, que cuenta con los investigadores para iluminar los debates y no para inflamarlos.