Este pequeño libro de Nadia Geerts tiene dos partes: primero, nos cuenta su historia personal durante el año 2025, la de un tuit incómodo («hay restaurantes funcionando en Gaza») que provocó una indignación increíble (increíble en el sentido de que era totalmente injustificado y se interpretó como si dijera lo contrario de lo que quería decir); también nos cuenta muchas otras cosas, más allá de esta aventura inmerecida: cómo nuestras democracias se ven abrumadas por la negación de la verdad, por los excesos, por el regreso de la bestia monstruosa de donde menos se esperaba… El cambio de una observación terrible: «la población de Gaza está sufriendo terriblemente por esta guerra» (lo cual es innegable) a un corolario igualmente terrible: «el Estado de Israel debe ser destruido».
¡Resulta difícil reseñar esta breve obra! Nadia Geerts lo ha dicho todo, lo ha analizado todo, sus frases son claras, su argumento convincente; y lo que ella no habría dicho, Jean-Pierre Sakoun lo ha expresado en su magnífico prefacio.
Unas pocas líneas, sin embargo, una o dos ideas que se pueden destacar.
Quisiera destacar el poder de la imaginación en juego en este «asunto»: puesto que se nos dice que se está produciendo un genocidio en Gaza, que la hambruna se ha orquestado deliberadamente para aniquilar a todos los habitantes, ¿cómo es posible que haya restaurantes abiertos? El lector de la prensa partisana se imagina imágenes de hambrunas en África, de niños biafreños con el vientre hinchado por el kwashiorkor; no han visto fotos así tomadas en Gaza, pero se lo imaginan... Y, en consecuencia, Nadia Geerts solo puede estar equivocada: no puede haber restaurantes abiertos, puesto que reina la hambruna. Y el razonamiento opuesto es imposible en mentes atormentadas por esta verdad unilateral: si hay restaurantes abiertos, es porque una fracción de la población está comiendo hasta saciarse... a costa de las privaciones que esto impone a la mayoría de la población. Así pues, los enemigos han cambiado: ya no son los que pueden atiborrarse mientras otros carecen de lo esencial, sino los que lo afirman. Nadia Geerts dijo lo que vio: peor aún, vio lo que vio, lo que toda una manada asustada se niega a ver.
También es importante destacar la mentalidad de masas, los efectos perversos de pertenecer a un grupo: 10.000 personas firmaron una petición en su contra, pero ¿cuántas pensaron antes de firmar? ¿Cuántas intentaron comprender el significado de ese desafortunado tuit? ¿Cuántas fueron a comprobar si realmente había restaurantes abiertos en Gaza? Fue necesario... comprobación de hechos Más tarde, periodistas flamencos, alemanes y franceses (¡pero no belgas francófonos!) investigaron y descubrieron que ella había dicho la verdad, que esta verdad contradecía la percepción que tenía el grupo sobre la vida en Gaza… ¿Se disculparon? ¿Simplemente admitieron su error? ¡Para nada! La siniestra respuesta de la periodista de Le Soir que había sembrado la verdad demuestra que la verdad solo se desvanece si no se utiliza.
En 120 páginas muy personales, Nadia Geerts resume la terrible situación en la que se han sumido las democracias occidentales, donde la razón flaquea; cuando habla de sí misma, habla de nosotros.