Defender los videojuegos es un imperativo filosófico frente a un Estado perverso.

Defender los videojuegos es un imperativo filosófico frente a un Estado perverso.

Xavier Laurent Salvador

Lingüista, Presidente de LAIC
Un Estado que se presenta como protector mientras trata a los padres como menores incapaces y a los niños como sujetos a ser alejados de la realidad, construye una sociedad donde nadie es responsable de la transmisión.

Indice

Defender los videojuegos es un imperativo filosófico frente a un Estado perverso.

El tema de la violencia ocupa ahora un lugar central en el debate público francés, hasta el punto de convertirse en un recurso retórico casi automático en la toma de decisiones políticas. Ya se trate de incidentes aislados, radicalización, delincuencia juvenil o malestar social, la violencia se invoca como una explicación obvia. Nunca se considera un concepto. Esta proliferación va acompañada de una paradoja inquietante: cuanto más se denuncia la violencia, menos se define. Así, en el debate contemporáneo en torno a las redes sociales y los videojuegos, la violencia se equipara a menudo con la frustración, la excitación o la intensidad de las emociones, lo que justifica propuestas de prohibición general no presentadas por las familias, sino por el propio Estado. Sin embargo, tal ecuación se basa en una profunda confusión conceptual. Confundir violencia y frustración es ignorar una importante distinción filosófica, ya presente en Aristóteles, entre lo que pertenece a las emociones educables y lo que constituye una ruptura en el orden del significado y el lenguaje. La frustración, lejos de ser violenta en sí misma, es una experiencia constitutiva de la subjetividad humana; Solo se vuelve violenta cuando deja de estar mediada por el lenguaje, la educación y la inscripción simbólica dentro de un mundo compartido. La violencia, en cambio, no se define ni por la intensidad ni por la ira, sino por un acto que suspende toda posibilidad de discurso.

Esta distinción es crucial. Si la violencia comienza donde termina el discurso, como sugieren los análisis clásicos de la filosofía política y moral, entonces los mecanismos culturales que implican frustración, fracaso, repetición y reglas (como los videojuegos) no pueden considerarse responsables de la violencia sin un análisis riguroso de su relación con el lenguaje y la educación. Por el contrario, pueden aparecer como espacios para simbolizar y aprender sobre la pérdida, mientras que la verdadera violencia se caracteriza por una progresiva desvinculación del discurso y del contacto con los demás.

La tentación del Estado de sustituir a padres y educadores prohibiendo, en nombre de la prevención de la violencia, prácticas culturales consideradas frustrantes o estimulantes, plantea un grave problema filosófico. Al pretender eliminar las supuestas condiciones de la violencia mediante la coerción, el Estado corre el riesgo de malinterpretar la naturaleza misma de aquello contra lo que lucha y de transformar una cuestión educativa y simbólica en una de orden y coacción. Esta deriva recuerda los análisis de Max Weber sobre el monopolio de la violencia legítima, así como las críticas de Friedrich Engels a un Estado que confunde la regulación social con la dominación. Es necesario defender los videojuegos: no para negar la existencia de la violencia, sino para rechazar el diagnóstico erróneo que se nos impone. Quiero argumentar, contra las simplificaciones contemporáneas, que la violencia no puede concebirse como un exceso de frustración, y que su prevención no puede provenir de la prohibición ciega ni de la supresión de las experiencias formativas de fracaso, sino de la educación en el lenguaje, la simbolización y el conflicto no violento.

¿Hasta qué punto la confusión entre frustración y violencia lleva al Estado contemporáneo a responder con coerción a lo que en realidad es una cuestión de educación, y cómo un análisis filosófico de la violencia como ruptura del lenguaje permite repensar el papel de prácticas culturales como los videojuegos en la formación de sujetos y la prevención de la violencia política y social?

Violencia y discurso: una antítesis conceptual

Comenzaré con una tesis simple y filosóficamente compleja: la violencia no es un exceso de discurso, sino su negación. Esta tesis es todo menos intuitiva en el debate público contemporáneo, donde la violencia siempre se concibe como un desbordamiento, una saturación o un extremo de emociones. Esto es olvidar a Aristóteles bastante rápido. Para Aristóteles, la violencia (bia) se define como un movimiento cuyo principio es externo al ser que lo experimenta:

Llamamos violento a aquello cuyo principio es externo, sin que la persona que lo mueve contribuya en modo alguno a él.[ 1 ].

Esta clara definición debe aplicarse a la humanidad: la violencia no es una intensidad interior, sino una ruptura de la autodeterminación racional. Cuando una persona habla, delibera y argumenta, sigue siendo autora de sus acciones; cuando es violenta, deja de actuar para silenciar a los demás. La violencia no argumenta, impone. Esta oposición ya está en el corazón del pensamiento de Platón, para quien la ciudad se define ante todo como un espacio de logos. En el GorgiasLa violencia surge precisamente cuando las palabras fallan y la coerción reemplaza a la persuasión:

La coerción no es lo mismo que la persuasión.[ 2 ].

¡Necesitamos seriamente releer a Platón! La violencia no es simplemente una fuerza excesiva, sino el fin absoluto e irrevocable de toda comunicación. Comienza cuando el otro ya no es reconocido como un posible interlocutor. Siempre es un descenso al silencio, incluso acompañado de gritos, consignas o justificaciones a posteriori. Estos ruidos no son lenguaje en el sentido filosófico: ya no buscan una respuesta; anuncian una decisión ya tomada.

Frustración: una experiencia que se puede aprender, no violenta en sí misma

Es precisamente esta distinción la que nos permite disipar una gran confusión: la frustración no es violencia. La frustración es una experiencia afectiva; la violencia es una ruptura simbólica. Confundirlas es borrar cualquier posibilidad de educación. Aristóteles, una vez más, proporciona un marco conceptual que nos permite integrar esto como un principio educativo evidente. En el'Ética a Nicómaco'Insiste en que las pasiones no son buenas ni malas en sí mismas, sino que deben ser educadas por el hábito y la razón:

Las virtudes no nacen en nosotros por naturaleza, sino por hábito.[ 3 ]

La frustración (el fracaso, la espera, la pérdida...) es parte integral de esta educación emocional. No es un peligro; es una condición del desarrollo moral. Una persona que nunca experimentara frustración sería incapaz de autogobernarse. La frustración solo genera violencia cuando deja de simbolizarse, cuando ya no encuentra mediación lingüística o educativa. En este sentido, los videojuegos son un ejemplo clásico (y qué cierto es). Ponen en escena la repetición, el fracaso, las reglas arbitrarias y la pérdida temporal. Pero lo hacen dentro de un marco simbólico explícito, donde la frustración se moldea, ritualiza y comprende como tal. El jugador frustrado sigue comunicándose, ya sea consigo mismo, con los demás o con el juego, siempre que permanezca dentro de este espacio regulado. La violencia, sin embargo, comienza cuando se abandona este marco simbólico. Uno puede boxear veinte horas al día y ser un cordero. Uno puede fallar un putt en el golf y estallar de ira. La violencia no es frustración.

Educación, lenguaje y prevención de la violencia

Si la violencia empieza donde termina el habla, la verdadera prevención de la violencia solo puede ser lingüística y educativa, nunca puramente coercitiva. Prevenir la violencia no consiste en eliminar las oportunidades de frustración, sino en aprender a no abandonar el lenguaje bajo la influencia de la frustración. Esta idea es central en cualquier filosofía de la educación. Presupone que aceptamos el fracaso, el conflicto y la tensión como momentos normales en el desarrollo del niño y del sujeto que los constituye. Aquí es donde la confusión se vuelve peligrosa: al intentar eliminar todas las experiencias potencialmente frustrantes, privamos al individuo de las herramientas simbólicas necesarias para afrontar la realidad. Una vez más, la experiencia demuestra que la verdadera violencia no está precedida por una escalada de arrebatos verbales, sino por una retirada gradual del habla. Cuando el lenguaje deja de ser un espacio de mediación, la decisión violenta ya se ha tomado. No es la intensidad de la emoción lo decisivo, sino la desvinculación del discurso. Cuando tuve la oportunidad de trabajar con Martin Lamotte y su Centro para el Estudio de la Radicalización y el Terrorismo, en particular en los casos de Merah, observamos que el acto de perpetrar el ataque estuvo acompañado, contrariamente a lo que se podría pensar, de una disminución gradual de la actividad en las redes sociales, lo cual es un indicio de una toma de decisiones radical.

La referencia a la mayéutica es fundamental. Esencial. El método socrático se basa en una prueba de carencia, ignorancia y frustración intelectual. Está diseñado para confrontar al interlocutor con la insuficiencia de sus certezas. Esta prueba puede ser dolorosa, pero es completamente verbal. Vital y necesaria para la inteligencia. Incluso los videojuegos, sin ser filosóficos, a veces funcionan como dispositivos mayéuticos imperfectos: plantean problemas, imponen reglas y exigen perseverancia. Prohibirlos en nombre de la lucha contra la violencia equivale a rechazar la idea de la educación por ensayo y error, y a confundir la protección con la infantilización del ciudadano. Es una pendiente resbaladiza, una que un poder débil, perverso e impotente no duda en tomar.

El Estado, la violencia legítima y la tentación tiránica

Aquí es donde la crítica política se vuelve inevitable. Cuando el Estado intenta sustituir a padres y educadores prohibiendo prácticas culturales en nombre de la prevención de la violencia, cruza un umbral conceptual peligroso. Max Weber nos recordó que el Estado se define por su monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza física.

El Estado es esa comunidad humana que reivindica con éxito el monopolio de la violencia física legítima.[ 4 ].

Pero este monopolio no puede extenderse a la formación moral y simbólica de los individuos sin transformarse en dominación. Esto es lo que Friedrich Engels denunció al demostrar que el Estado tiende a naturalizar su propia coerción presentándola como necesaria:

El Estado no se impone a la sociedad desde fuera; es un producto de la sociedad en una determinada fase de desarrollo.[ 5 ]

Un Estado que prohíbe en lugar de educar admite su incapacidad para concebir la violencia como algo más que un problema de orden. Sustituye la larga, incierta y conflictiva labor de la educación por la solución inmediata de la coerción. Al hacerlo, reproduce precisamente lo que dice combatir: la sustitución del lenguaje por la fuerza. Esta es precisamente la definición de perversión.

Conclusión

En última instancia, lo que revela la tentación de prohibir los videojuegos y las redes sociales en nombre de la violencia no es una política de protección, sino un abandono educativo. Al sustituir a los padres, el Estado no los ayuda: los absuelve de responsabilidad. Refuerza una infantilización ya avanzada, donde uno puede seguir jugando, consumiendo y entreteniéndose mientras los niños miran, pero no para aprender; no, no, no… sino para simular una abdicación de responsabilidad. Sin embargo, educar es aceptar el conflicto, la frustración, el esfuerzo y las palabras a veces dolorosas que acompañan al fracaso. Prohibir, en cambio, es rechazar esta labor. Es eliminar la pregunta en lugar de responderla. En este sentido, el Estado que prohíbe en lugar de educar no combate la violencia: renuncia al lenguaje, al igual que lo hace la violencia que dice prevenir. 

Hay algo profundamente perverso en esto. 

Un Estado que se presenta como protector mientras trata a los padres como menores incapaces y a los niños como sujetos ajenos a la realidad, construye una sociedad donde nadie es responsable de la transmisión de valores. La responsabilidad se disuelve en la norma, y ​​la norma en la prohibición. El resultado no es una sociedad pacífica, sino una sociedad desimbolizada, donde la frustración ya no se aborda, sino que se evita... hasta que resurge, precisamente, en forma de violencia.

Este narcisismo estatal es aún más preocupante porque se presenta como moral. Afirma saber mejor que las familias qué debe eliminarse, pero se muestra incapaz de considerar qué debemos aprender a hacer: perder, esperar, volver a empezar, hablar. Al intentar erradicar todas las asperezas de la experiencia humana, creamos individuos sin lenguaje ante la dificultad y, por lo tanto, potencialmente, sin otro recurso que la expresión. Defender los videojuegos, en este contexto, no es defender un pasatiempo. Es defender una idea exigente de educación: una educación que no nos protege de la realidad, sino que nos enseña a afrontarla sin abandonar el lenguaje. Donde el Estado prohíbe, debemos brindar apoyo. Donde moraliza, debemos transmitir conocimiento. Y donde calla mientras impone, debemos, por el contrario, reaprender a hablar.

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