[por Michel Messu[ 1 ]PHILéPOL (Centro de filosofía, epistemología y política)]
Desde hace un tiempo las ciencias sociales se ven agitadas por una corriente de opinión que propone repensar la historia de nuestras sociedades contemporáneas a partir de una lectura renovada de cómo habría sido la colonización llevada a cabo por los países occidentales como a veces llamamos los tiempos de Modernidad (la época de los “grandes descubrimientos” y la formación de los imperios coloniales ibéricos, las conquistas comerciales, militares y políticas de otras potencias marítimas europeas hasta el despliegue colonial de varias de ellas durante el siglo XIX).e y XXe siglos antes del período de la llamada “descolonización”). Esta relectura cuestiona y socava no sólo la historia que se había hecho de este período sino también la comprensión de sus efectos en nuestras sociedades actuales. Como resultado, reactiva de manera caricaturizada una cuestión epistemológica que, sin embargo, es central para los historiadores y para todos aquellos que se basan en sus análisis en su propio trabajo.
Sin embargo, no es como historiador académico, practicante de la mencionada disciplina histórica, que me coloco para liderar esta reflexión sobre lo que representa esta lectura “descolonial” para las ciencias sociales, para preservar el vocabulario propuesto. Esto sería entrar en el dominio de la epistemología específica de la ciencia histórica. Pero es como partidario de la incorporación de la dimensión histórica en la comprensión y explicación de los fenómenos sociales que nos proponemos brindar la disciplina que busco practicar: lo que a veces se ha llamado "sociohistoria". Que busca establecer relaciones posibles, o plausibles, explicativas o integrales entre los fenómenos sociales observados hoy y el pasado histórico al que siguen. Lo que confiere a este tipo de análisis sociológico la dimensión dinámica de la que carecen otros enfoques y redobla el desafío epistemológico antes mencionado.
Por supuesto, la historia, entendida de manera tan genérica, es ante todo un problema antes de ser una respuesta. La historia, como ciencia social y como cualquier ciencia social, es problemática, en ambos sentidos de la palabra. Es problemático en cuanto a su objeto: ¿la historia de qué? ¿de quién? ¿Desde qué punto de vista? ¿A qué escala? etc. También necesita ser problematizada para ser historia de algo –que es precisamente hacia lo que aspiran los historiadores– y liberarse de los relatos legendarios que ocasionalmente reciben los mismos hechos históricos, por no hablar de los relatos imaginarios que a veces surgen. sustituirlo. Esto es lo que lleva al sociólogo a buscar información del historiador para asegurar la veracidad del relato histórico que conservará y para formatear las observaciones que habrá hecho bajo los auspicios de este relato histórico. Compararemos esta concepción de la sociología con la profesada por Norbert Elias y su deseo de incluir al individuo en la cadena de generaciones, como él mismo declara, y, al hacerlo, intentar captar los procesos (proceso) y la organización única de estos procesos a largo plazo (Configuración) que se convierten así en objeto de la sociología y conducen a producir lo que Elias llama una “historia estructurada de los sociólogos”[ 2 ] Véase Norberto Elías, Norberto Elías solo, París, Fayard, 1991 [1990], en particular nota p. 126-127..
Por supuesto, lo que debemos tener presente aquí es que la noción de historia es fundamentalmente polisémica. Además de que se refiere, como señala Paul Ricoeur, a la escritura que hacemos de él y a su formato como relato historiográfico, so pena de caer en la leyenda, el cuento, la fabricación de la historia relatada de boca en boca ( lo que los angloamericanos contemporáneos distinguen con las palabras historia et historia pero del mismo origen), la historia, desde Heródoto y, quizás sobre todo, Tucídides, es el producto de una investigación de hechos, acontecimientos pasados, siempre irreproducibles en su singularidad y a los que la historia que contamos dará, sin embargo, nuevas noticias. – ya no es un hecho, por supuesto, sino ideal. La historia, por tanto, es un modo de conocimiento del pasado, un modo de conocimiento específico. La historia tiene la apariencia de “conocimiento histórico”, sujeta por tanto a las condiciones de posibilidad del conocimiento en general, del conocimiento científico –cuando la historia quiere ser una ciencia del pasado– en particular.
Por eso la historia de los historiadores, dice P. Ricoeur, “se escribe de principio a fin”[ 3 ] Pablo Ricoeur, Memoria, historia, olvido., París, Éditions du Seuil, 2000, p. 171., tanto en su fase documental o archivística de la memoria colectiva (con vistas a constituir evidencia documental que valide las posteriores fases de escritura), como en su fase explicativa/comprensiva (la que responde a la pregunta “¿por qué?” mediante el uso de el conector “porque”) y en su fase “representativa”, la de la elaboración escritural de la veracidad presente de un pasado desaparecido. Estos fundamentos epistemológicos de la historia académica identificados por P. Ricoeur, aclamados por reconocidos historiadores de la época[ 4 ] Véase François Dosse, Paul Ricoeur, Los significados de una vida (1913-2005), París, La Découverte, 2008., estaban lejos, en opinión de este último, de agotar la cuestión de los usos sociales, políticos y filosóficos de la historia. De ahí la triangulación de su reflexión sobre la epistemología de la historia con las nociones de “memoria” y, particularmente, de “olvido”.
Es toda la reflexión ricoeuriana sobre la historia, la narrativa, la memoria y el olvido, que se ve sacudida y desacreditada por lo que aquí llamamos “pensamiento decolonial” y que se presenta como una alternativa narrativa al colonialismo y sus consecuencias sociopolíticas en nuestro sociedades, al menos las sociedades occidentales.
¿La historia alternativa del “descolonialismo” sigue siendo historia?
Las bases epistemológicas de la historia de los historiadores son voluntariamente intimidadas por los defensores de esta narrativa alternativa; su credo es una inversión de la historia del colonizador a favor de lo que presentan como la historia del colonizado. Lo cual, dicho sea de paso, presupone que ya existe una historia (¿única?) del colonizador, postula la antítesis de los valores dados a los hechos del colonialismo (positivos/negativos) y afirma que la verdadera historia debe, y puede, ser reescrito desde el punto de vista de los colonizados. Claramente, se trata de dejar de lado el trabajo previo de los historiadores y reescribir la historia en una hoja en blanco, lo cual es bastante raro cuando se trata de una ciencia de la sociedad. Imaginamos que una historia así no dudará en tomarse más que libertades con la epistemología de la historia, ricoeuriana o no, a la que están obligados los historiadores profesionales.
Independientemente de las condiciones para el desarrollo de la evidencia documental, extrapolamos un "hecho saliente" que supuestamente atestigua el proceso en marcha y creemos haber establecido la validez del relato "histórico" alternativo, esto en la versión "pública general" de la historia. En su versión "ciencia social", invertiremos el régimen de prueba y descubrimiento heurístico, el documento de archivo sólo sirve como ilustración de la tesis a defender y la tesis debe sacar a la luz la perversión maligna del "sistema". Porque, este es el objeto de la narrativa alternativa, establecer que un “sistema”, por cierto centrado en Occidente, de perversión sociopolítica fue establecido, históricamente se sintió entre aquellos que lo sufrieron y todavía se siente dentro de las sociedades occidentales actuales. en las formas de mantener relaciones sociales con los descendientes de los pueblos esclavizados. Pero esta historia es simplemente una historia fantasiosa, una leyenda. ad hoc Se utiliza para dar crédito a la idea de que en nuestras sociedades opera un "racismo sistémico", a veces calificado de "racismo de Estado", y al que se debe responder con un gran arrepentimiento por parte del hombre blanco, tanto colectivo como individual, incluido el objetivo declarado de diluido en una niebla de "buenas razones" que pueden ir desde la idea de justicia que hay que restaurar hasta la de venganza que hay que facilitar, pasando por un proyecto algo distópico de sociedad de comunidades reforzadas (basadas en identidades declaradas llamadas género, sexualidad o raza y sus posibles combinaciones).
Dejaré, como dije, a los historiadores profesionales la tarea de llevar a cabo la crítica interna del momento archivístico y del momento explicativo del enfoque histórico que se supone debe cumplir la narrativa alternativa "descolonial", para poder someterse a una Crítica epistemológica del principio que produjo la narrativa alternativa y, como habría dicho P. Ricoeur, su capacidad para proporcionar una “representación”[ 5 ] Es decir, para usar los términos del autor del neologismo: “la expectativa ligada al conocimiento histórico” que se autoriza por la positividad de “haber sido” a través de la negatividad de “no ser más”. Esta ontología del hecho histórico lleva al filósofo, después de una presentación de los usos léxicos y semánticos de la noción de representación en nuestra tradición filosófica, a admitir que las operaciones historiográficas le aportan una “adición de significado”. Esto es lo que quiere marcar con esta noción de representación o “representación-sustitución”. Ver en particular, Memoria, historia, olvido, op. cit., P. 359, 369. del hecho colonial y sus efectos contemporáneos. En términos comunes: ¿tiene la narrativa “descolonial” alternativa la capacidad de brindarnos una representación significativa que sea relevante para comprender el mundo en el que vivimos?
Si, de hecho, la intencionalidad de la narración histórica es la de la veracidad de los hechos del pasado –que debe distinguirse, por tanto, de la revelación de una verdad oculta, oculta u oscurecida de dicho pasado–, ésta sólo puede emanar de las huellas. testimonios, archivos, en definitiva documentos adquiriendo así un valor historiográfico y (re)construidos a partir de ellos. Lo que los somete a un examen crítico de su colección, de su origen y de otras operaciones de selección encaminadas a promocionarlos como documentos historiográficos y, por supuesto, que su significado historiográfico no se agote en lo que “dicen”, “muestran” o “presentan” – su legibilidad –se dice también– exige su subsunción testificativa bajo la tesis analítica que autorizan y que les dará un “sentido” histórico y un valor de veracidad. Éste es el momento explicativo-comprensivo del P. Ricoeur.
El significado adicional que este último atribuye al enfoque historiográfico vendrá del hecho de que la narrativa histórica es un discurso actual sobre hechos que ya no existen pero a los que se nos da significado, en este caso un significado desde el cual aspiramos a ese. es el que presidió lo ocurrido, sin poder nunca coincidir completamente con él (de ahí las hipótesis contextualizadoras que sustentan las interpretaciones), significado también más o menos pervertido por el universo de sentido actual en el que se desarrollará. tener lugar. “Exceso de sentido” que hace que la historia, como todas las ciencias humanas y sociales, sea deudora de una epistemología marginal y diferenciada de la de las ciencias naturales, como todavía decimos, con mayor razón lenguajes formales. “Exceso de sentido”, sin embargo, que constantemente corre el riesgo de desbordar la intencionalidad de la historia, al menos la que colocamos detrás de hechos históricos probados. Este significado adicional está, por tanto, lleno de dificultades interpretativas y comprensivas, de anfibologías y ambigüedades de todo tipo. Además, puede constituir una trampa para el historiador. El de la sobreinterpretación, en particular, cuando afirma más de lo que era posible a partir de las evidencias recogidas, cuando proyecta sobre el pasado las preocupaciones, las visiones del momento que eran ajenas a este pasado, cuando reduce las temporalidades históricas con el flujo de tiempo uniforme creando causalidades y responsabilidades concatenadas.
Es en esta trampa en la que cae sin precaución el discurso descolonial que, sobre la base de una narrativa histórica alternativa del colonialismo –centrada esencialmente en pruebas documentales que atestiguan el sufrimiento de los pueblos colonizados–, promueve un exceso de significado que va más allá de lo que la historiografía colonial ha podido establecer y que ofrece una interpretación abusiva de la intención colonial y su persistencia en las antiguas naciones colonizadoras. De hecho, para hacer esto, debemos abandonar el terreno del modo científico de conocimiento de la historia, aquel que está restrictivamente enmarcado por la práctica del historiador profesional, y dedicarnos a la elaboración de un discurso que tiene todo que ver con una “cuento de fantasía”.
La historia de fantasía, o la historia que nos hubiera gustado ver pero que no sucedió
La pregunta "¿qué historia hacer?" » o “¿qué historia recordar? » sigue siendo siempre una cuestión central tanto para el historiador como para su público, y con mayor razón para todos aquellos que utilizan la historia con fines científicos (sociohistoria, antropohistoria, etc.) o con fines sociales y políticos (ensayistas, líderes políticos, etc.) La respuesta obvia, “la historia de los historiadores”, se multiplica si Estamos atentos al hecho de que la historia, como se ha dicho, tiende a dar un significado adicional a los hechos históricos y que entre los propios historiadores -pero esto es cierto para todas las ciencias sociales- también hay una propensión a tratar estos hechos históricos desde el punto de vista de vista de la historia que nos hubiera gustado que se hiciera realidad, incluso si eso no fue lo que sucedió, incluso si la historiografía fáctica proporciona elementos completamente diferentes. En los debates entre historiadores hablamos fácilmente de “historia hipotética”, o incluso de “historia retrospectiva”. Pero la cuestión no es sencilla, ya que el acercamiento interpretativo de los hechos requiere para el historiador un esfuerzo de abstracción del resultado hoy conocido para tratar de encontrar las razones o las causas, o de nuevo, en la perspectiva de P. Ricoeur, la intencionalidad específica del hecho histórico. Escribir la historia del momento histórico observado es buscar identificar las “buenas razones causales” que lo gobernaron desde un sesgo de observación vinculado al conocimiento de lo que sucedió después de lo que buscamos comprender y explicar. Éste es el desafío que enfrenta el historiador profesional, al menos desde Lucien Febvre, quien subrayó hasta qué punto la historia hecha por el historiador es producto del tiempo en el que está inmerso.
Querer someter el hecho histórico estudiado a lo que le es consecuente en términos de historia realizada y posiblemente conocida, presupone que un vínculo lógico de causalidad, y no un simple vínculo de temporalidad, hace que el consecuente conocido se derive del antecedente estudiado. Ignorar esta “prueba” es exponerse a atribuir al hecho estudiado una causalidad y una intencionalidad que tal vez no tenga. Se trata de realizar una proyección retrospectiva borrando las causalidades breves, por así decirlo, en favor de causalidades largas, por así decirlo siempre, o, más precisamente, en favor de las correspondencias a largo plazo. Lo cual puede resultar estimulante, a veces heurístico, para el espíritu de investigación, pero frágil a nivel demostrativo.
Además, la cuestión central de la investigación científica histórica y, más ampliamente, de las ciencias sociales sigue siendo la de su capacidad para explicar causalmente hechos documentados, para el historiador, hechos construidos o problematizados, para el sociólogo, el antropólogo y otros. En otras palabras, para el historiador, hacer historia sólo a partir de los archivos a su disposición. Una forma de desafío cuando pensamos en la historia como aquello que subyace al presente e ilumina el futuro mientras el pasado histórico ya no existe y sus huellas muchas veces se borran. Un probable riesgo de encerrar la historia en una archivística técnica que no conduce a dar “sentido” a la historia misma. Y, sin embargo, el historiador no puede ceder a la ilusión retrospectiva de la historia que le hubiera gustado ver hecha realidad en lugar de la historia que es capaz de formular con preocupación por la veracidad, del mismo modo que el sociólogo no puede ceder a la ilusión proyectiva recurriendo a la adopción de valores conflictivos en la sociedad: la guerra de los dioses de Weber. La “adición de sentido” aportada por la historia y destacada por P. Ricoeur, se aloja probablemente en esta tensión entre una historia que no cede a la ilusión retrospectiva siendo respetuosa de los hechos historiográficos y una historia que no se deja llevar por la ilusión retrospectiva por ser respetuosa de los hechos historiográficos y una historia que no se limita a ser una cotejo archivístico sin potestad significativa, salvo la que le sea atribuida de forma discrecional. Por eso el historiador se enfrenta tan a menudo a la objeción de los hechos que tiene a su disposición, objeción que exige sobre todo, por su parte, ser interpretada, ya que puede variar desde la anulación hasta la confirmación de la validez de los hechos. pruebas previamente aceptadas.
Aquí es obviamente donde el debate crítico interno de la disciplina histórica adquiere todo su significado. No la de dejar de una vez por todas que la historia sea retenida, como base cristalizada siempre presente para el futuro de las sociedades, sino la de mantener la disciplina histórica en su marco de elaboración epistemológica, el de la tensión que acabamos de destacar. El debate crítico, cuando forma parte de una actividad científica, es primero metódico antes de centrarse en las proposiciones a conservar o rechazar. ¿Seguimos en este marco donde la historia se desarrolla en tensión entre los hechos historiográficos debidamente recogidos y el significado adicional que pueden recibir, o ya estamos fuera de ese marco, en una historia fantaseada que nos hubiera gustado ver hecha realidad?
La retórica “descolonial”, por su parte, evita esta tensión; se relaciona con estas historias fantasiosas que nos hubiera gustado que ocurrieran para apoyar el punto que persigue y que, debido a esta historia fantasiosa, nuestra sociedad ocultaría. un profundo fermento de racismo –racismo sistémico, se dice– que promueve un “hombre blanco” privilegiado, dominante y exterminador, utilizando el universalismo de derechos y valores sólo para dominar mejor a aquellos de quienes abusa. Para creer esto, debemos reducir las formas de colonialismo occidental que abarcaron varios siglos a un modelo único y esquemático de saqueo sistemático –una forma moderna de vandalismo– con el único propósito de establecer la supremacía occidental y esclavizar, o incluso erradicar, a los pueblos colonizados. Todos los demás efectos, tanto para el colonizador como para el colonizado, se consideran insignificantes, en el mejor de los casos como medios derivados para lograr los fines deseados. Todavía es necesario aplastar drásticamente los hechos de la colonización, que se produjo durante casi cinco siglos, con el único embarque de esclavos negros desde la isla de Gorée –lugar mítico celebrado por la ONU– o cualquier otro símbolo de la esclavitud. Sobre todo, debemos atribuir a un concepto general abstracto, el colonialismo, la capacidad estratégica de perseguir un fin sui generis que sólo se lograría a través de millones de cerebros humanos obedientemente a su servicio[ 6 ] Para convencerse de que la historia de la trata de esclavos no es tan simplista, leamos el prólogo de Michel Erman y Olivier Pétré-Grenouilleau “Decir el horror, justificar la acción” en El grito de los africanos, mirada a la retórica abolicionista, Édiciones Manucio, coll. El historiador, 2009.. Una especie de artimaña argumental bien planificada.
Baste decir que el pensamiento “descolonial” que se nos ofrece detrás de la retórica de la “racialización” de nuestras sociedades es una historia de fantasía con un doble detonante. Historia de fantasía del colonialismo real reducida al esquema estereotipado de lo que nos hubiera gustado que fuera: una simple empresa de esclavización de pueblos para lograr y consolidar el supremacismo blanco. Relato fantástico de la historia que sólo cumpliría en la escala de un largo tiempo –pero tomado de un tiempo aún más largo– el diseño que se habría dado a sí misma, como si la historia fuera su propio actor. Habremos comprendido que este relato ignora la complejidad de los factores que precisamente hacen la historia. Lo que aborda el historiador científico es la difícil historia del significado que debe darse a los hechos históricos debidamente documentados; de aquí se aleja el activista “descolonial”, convencido de que su causa bien merece una negación de la verdad histórica.
Una renuncia a la historia al servicio de objetivos ideológicos
La negación, como suele ser el caso, se refiere menos al objeto en cuestión que a las probables consecuencias de reconocerlo. Este refuerzo de la negación cambia su alcance y señala la intención estratégica del negador. Se trata de escapar a las consecuencias de reconocer el hecho y continuar en su versión alternativa. En este caso, profesar una historia pseudocolonial que procede a reflejar una historia colonial fantasiosa con cuestiones políticas y sociales identificadas más o menos claramente dentro de nuestras sociedades. De ahí la forma estrictamente ideológica que adopta esta historia fantasiosa del colonialismo.
Tratemos de aclarar esto, porque detrás de todo esto hay una cuestión recurrente en la historia, la de saber si la historia, incluso en su intención de conocimiento científico, no obedecería, de una forma u otra, a motivos que serían externos. especialmente aquellos que agitan el aire de los tiempos actuales.
Lo que podemos llamar exceso de sentido “descolonial” es, en la mayoría de los casos, obra de representantes de la nebulosa de quienes dicen ser de la historia –y más ampliamente de las ciencias sociales que incorporan una dimensión histórica– y que, por vocación “crítica” o “alternativa”, se esfuerza por revelar una verdad ignorada, oculta o deliberadamente oculta. Todo esto sólo podría dar lugar a una viva controversia entre los historiadores deseosos de satisfacer su epistemología disciplinar y aquellos que se liberan de ella, si estos últimos no recibieran una respuesta favorable dentro de la propia sociedad. En términos generales, la “adición de significado” considerada histórica aquí, sociológica, política o de otro tipo en otros lugares, sólo recibe toda su dimensión significativa cuando es recuperada por fuerzas sociales que la convertirán en su credo ideológico.
En cuanto a la narrativa decolonial alternativa, estas fuerzas sociales, hoy, son reclutadas tanto en la universidad como en las esferas de los medios de comunicación, el mundo político y en las capas sociales educadas y cultas de nuestra sociedad. Sobre todo porque, hoy en día, toda ideología integra de una forma u otra una base “científica” real o pretendida. La narrativa alternativa de la colonización desempeña este papel para la ideología decolonial que intenta imponerse. Urbi et orbi difundiéndose tanto en los cursos universitarios y de secundaria como en las producciones culturales (literarias, cinematográficas, etc.), pero también más allá de estos ámbitos, ya que conduce a la adopción de políticas y legislativas que repiten más o menos su tema.
Un buen ejemplo de todo esto nos lo proporcionó la forma en que los políticos, en este caso los parlamentarios de la época, adoptaron explicaciones alternativas de la trata de esclavos llevada a cabo por las potencias occidentales durante varios siglos –el famoso comercio triangular– para dirigir el “sentido de la historia” hacia una comprensión que tiende a asimilar este tráfico al genocidio perpetrado contra los judíos durante la “solución final” nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Si la “crítica histórica” ya era ampliamente utilizada entre los historiadores especializados en este “hecho histórico” – por ejemplo en relación con el número de estos esclavos transatlánticos, los medios utilizados para su captura, su comercio o su condición jurídica, los efectos demográficos y sociales en África , el Caribe y las Américas, etc. –, ella será de facto extinguido por la votación de la ley Taubira del 21 de mayo de 2001 que calificaba de “crimen contra la humanidad” las prácticas de esclavitud y tráfico de negros llevadas a cabo por los europeos, y sólo por ellos, desde el siglo XV.e siglo en los océanos Atlántico e Índico. Por lo tanto, su discusión Lo académico se convirtió en una forma de negacionismo condenable por la ley. De facto, la censura política e ideológica recayó así sobre el ejercicio normal de la ciencia histórica. La confirmación se producirá cuando el que había sido ponente de dicha ley, ascendido a Ministro de Justicia, no dudará en calumniar públicamente al historiador Olivier Pétré-Grenouilleau después de que un colectivo de asociaciones –el Collectif-DOM– presentara una denuncia contra le pidió “apología de los crímenes contra la humanidad” basándose en que se negó a equiparar la trata de esclavos con la Shoah. Hará falta un llamamiento lanzado por los historiadores académicos más reconocidos[ 7 ] Titulado “Libertad para la Historia”, el llamamiento fue publicado el 13 de diciembre de 2005 en Libération. Inicialmente fue firmado por 19 historiadores, entre ellos J.-P. Azéma, E. Badinter, M. Ferro, P. Nora, M. Ozouf, A. Prost, R. Rémond, J.-P. , etc. Un mes después, lo habían firmado cerca de 600 docentes-investigadores e investigadores. se muestra alarmado por la tendencia de las llamadas disposiciones parlamentarias memoriales a limitar su libertad de análisis y que un Presidente de la República, Jacques Chirac, declare que "en la República no existe una historia oficial", por lo que dichas leyes de memoria de En su momento aparecieron como lo que eran: orientaciones ideológicas que intentaban imponer una “verdad histórica” que escapaba totalmente a la historia de los historiadores o, para decirlo sin rodeos, una historia oficial en apariencia totalitaria.
En el plano sociopolítico esta vez habremos visto cómo el ley de hierro de la oligarquía descrita por Robert Michels, discípulo de Max Weber, y quien dice que en un régimen democrático los gobiernos tienden a seguir a los grupos de influencia más que a la opinión pública –porque esta última está mejor organizada, dice Mancur Olson–, esta ley de hierro, por tanto, u Olson efecto, según Raymond Boudon, había actuado en profundidad para desplazar en el plano ideológico y político la naturaleza de las cuestiones científicas de los historiadores profesionales y convertirlas en problemas sociales y jurídicos derivados de la presencia en número de quienes se declararán “descendientes de esclavos”[ 8 ] Es este fenómeno el que intenté analizar en La era de la victimización, Éditions de l'Aube, 2018.. En otras palabras, confundiendo, cuando no confiscando, la práctica de la historia realizada por los historiadores profesionales, constreñidos por los métodos y procedimientos que su epistemología les exige, en favor de una historia oficializada o pseudo-ideologizada –aunque sea-. se ve reforzado por el apoyo de ciertos historiadores profesionales, ya que siempre hay historiadores profesionales que se prestan, voluntariamente o no, a este deslizamiento ideológico: estamos asistiendo a un golpe de Estado al lugar de la ciencia social histórica al someterla a imperativos ideológico-políticos que son externos a ella y tienden a borrarla como disciplina de conocimiento siempre por desarrollar. Una negación de la ciencia en cierto modo.
La historia “descolonial” que nos sirven hoy es una continuación de este golpe de principios de siglo. Si hoy el Parlamento se presta menos al ejercicio de escribir una historia oficial, ahora lo hace hacia una historia "ética" que debe difundirse en toda la sociedad a través de los canales de distribución adecuados que activen a los defensores de la narrativa "descolonial". Estos son reclutados esta vez menos desde el lado político, parlamentario o gubernamental -aunque, si miramos a ciertos ministerios, no pueden estar muy lejos- que desde el lado de lo que acordamos llamar sociedad civil, en realidad corrientes ideológicas militantes. , fascinados por la forma en que se desarrollan los conflictos sociales en Estados Unidos y que quisieran inspirarse en ellos para superar un patrón de lucha de clases que se ha vuelto obsoleto a sus ojos. Por lo tanto, es una corriente de pensamiento que tiende en varios lugares del espacio sociopolítico a adoptar una forma explícitamente activista. Su campo de acción será el de la ideología. sensu lato, ideas para triunfar, entendimientos para imponer, sensibilidades para parir, etc. De ahí la difusión en los medios de comunicación de una retórica llena de neologismos que huelen a ciencia en acción (“racismo sistémico”, “racialización”, “blancura”, etc.). De ahí, también, la inversión procesal en los tribunales, las campañas mediáticas de presión sobre los actores económicos, políticos y sociales, el impacto en los programas escolares, etc., en definitiva, las armas actualizadas del pensamiento hegemónico Gramsciano.
Indiscutiblemente, esta ideología experimenta una forma de pensar hegemónica.[ 9 ] La referencia a Gramsci y su concepción de la hegemonía ideológica es reivindicada, por ejemplo, por Stuart Hall. tanto la producción intelectual, artística, cultural y también científicamente estampada, se refiere a ella como el fundamento mejor establecido de la ciencia histórica mientras ésta sólo opera en forma de dogma que debe ser admitido. El dogma según el cual el pasado colonial de nuestros países resurgiría, a través de una virtud postulada de la historia pero aún no demostrada, en forma de un racismo ambiental contra quienes, objetiva o subjetivamente, cargarían con los estigmas de este pasado. Virtud postulada de la historia, porque sólo se sugiere por conexiones de concomitancia entre rasgos específicos y situaciones objetivadas según un claro sesgo de confirmación, entre, si se quiere, "identidades" y posiciones sociales distribuidas en el nivel que preferimos conservar. El “racismo sistémico” en la escuela o la universidad debería hacernos sonreír cuando pensamos que quienes serían sus operadores, los profesores y sus (sacrificarse al sabir ambiental), son a menudo los propagandistas más convencidos de la narrativa “descolonial” (de ahí su éxito al actuar sobre los programas escolares y el contenido que se debe enseñar). Este asunto carece de una verdadera sociología histórica de las modalidades mediante las cuales habría triunfado este nuevo espíritu de colonialismo enteramente obsesionado por la raza. Una sociología que no sea sólo el enésimo refrito de la armónica conceptual de lo infra y lo supra. Pero no es Weber quien lo quiere.
Desde este punto de vista, el fracaso teórico es evidente. Siempre volvemos a las mismas fórmulas encantadoras que son tan populares en la escena mediática, ideológica y política. La escena científica es abandonada, incluso rechazada, a veces subordinada al objetivo militante. Incluso lo que se había estructurado como un grupo de influencia teórica –siguiendo la Estudios culturales en Stuart Hall y Estudios poscoloniales que surgió en el mundo angloamericano-, conduce sólo a la caricatura, ya que los fallos analíticos parecen enormes, pero sobre todo al rechazo de las bases epistemológicas disciplinarias, de las ciencias históricas y de las ciencias sociales. sensu lato, es llevado al límite. La historia y las ciencias sociales en general quedan reducidas a ser nada más que actos militantes. Y quien dice acto militante, dice utilidad predeterminada, todo lo contrario del objetivo de veracidad del enfoque científico.
Un ejemplo reciente nos lo proporcionó la emisión en el canal de televisión Arte de un documental presentado como “una poderosa meditación en imágenes” titulado Exterminar a todos estos brutos y dirigida por Raoul Peck. Se trata de una selección de imágenes y comentarios cinematográficos muy bien editados, que se presenta como un conjunto de hechos históricos testimoniados, pero que no pasa de ser una fuerte protesta encaminada a asociar, en palabras de su autor, Civilización-colonización-exterminio. Una profesión de fe “descolonial”, nada más y nada menos. Aunque dicho documental no reivindica el estatus de documento histórico patentado, da la apariencia de serlo y destila durante largos intervalos de tiempo la idea de que "desde el genocidio de los indios americanos hasta la Shoah, el imperialismo, el colonialismo y el supremacismo blanco constituyen un impensado todavía activo en la historia de Occidente. » La defensa es devastadora y raya en definir un nuevo “eje del mal” poco conocido cuyas fechorías continúan en la forma de nuestras actuales víctimas “racializadas”. Se trataba, por tanto, para el autor, como admite Arte, de “deconstruir así la fabricación y los silencios de una historia escrita por los vencedores para confrontar a cada uno de nosotros con los impensados de nuestra propia visión del pasado. »[ 10 ]Ver fuente
Al igual que la ley memorial relativa a la trata de esclavos, el documental Arte se basa en una selección razonada de hechos históricos, una escala de observación, una causalidad explicativa, etc., enteramente controlada por la "causa" política e ideológica en cuestión. , propuesto falsamente como concluyente cuando es primario en el abordaje y tratamiento historiográfico. una operación ad hoc, en definitiva, subordinada a la militancia que la motiva. Modo de hacer historia que se libera pura y simplemente de la preocupación del historiador científico por la veracidad, que implica la comparación de las fuentes, la justificación crítica de su selección, la explicación de las hipótesis interpretativas y el respeto por una lógica causal siempre por aclarar, aunque sea es el de las “buenas razones” para actuar como lo hicieron los actores del momento.
La calificación moral, política, filosófica o ideológica de los hechos históricos reconstruidos y sus consecuencias constituyen el límite, ciertamente conmovedor, del enfoque científico de la historia, especialmente cuando recurre a nociones, concepciones, visiones del mundo que no eran las de los contemporáneos. Muy a menudo aquí, cuando se trata del debate de ideas, dejamos el dominio de la historia por el de la filosofía moral y política. Entramos en un conflicto partidista e ideológico, que sabemos involucra múltiples intereses en cascada, cuando invocamos la historia –o, más precisamente, la historia extrapolada, liberada de la ciencia histórica de los historiadores profesionales y de su epistemología disciplinaria– para establecer un juicio de valor ordenado. por la visión de la historia que nos hubiera gustado ver hecha realidad. Juzgar la historia en lugar de explicarla es el peligro epistemológico.