ABOLICIÓN PERPETUA: POR UNA FRANCIA DESCOLONIAL FINALMENTE LIBERADA (PERO NO DEMASIADO RÁPIDO)

ABOLICIÓN PERPETUA: POR UNA FRANCIA DESCOLONIAL FINALMENTE LIBERADA (PERO NO DEMASIADO RÁPIDO)

Xavier Laurent Salvador

Lingüista, Presidente de LAIC
Mientras hacemos campaña con absoluta intransigencia por la abolición total aquí, debemos cuidarnos de cualquier intento de juzgar apresuradamente a las sociedades no occidentales que, por su parte, tal vez hayan encontrado en ciertas formas de servidumbre un equilibrio civilizatorio que no nos corresponde a nosotros deconstruir. Lo principal es abolirlo, una y otra vez, sólo en Francia.

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ABOLICIÓN PERPETUA: POR UNA FRANCIA DESCOLONIAL FINALMENTE LIBERADA (PERO NO DEMASIADO RÁPIDO)

Existe una idea persistente, heredada de las estructuras epistémicas de la modernidad colonial, que sostiene que Francia ya ha abolido la esclavitud. Esta ilusión historiográfica, reproducida por los mecanismos institucionales del conocimiento legítimo, se erige como un baluarte contra cualquier cuestionamiento radical del Estado-nación colonial. Sin embargo, es imperativo afrontar la evidencia: si bien la esclavitud fue abolida legalmente, nunca fue abolida verdaderamente. Persiste, no en la forma espectacular y visible de la cadena y el látigo, sino en modalidades insidiosas y sistémicas, integradas en la arquitectura misma de las relaciones sociales, económicas y culturales. El heteropatriarcado cis blanco estandarizado, como matriz organizadora de las subjetividades modernas, continúa reproduciendo formas de alienación estructural que son similares, en su lógica, a los sistemas esclavistas del pasado. Francia no puede pues contentarse con una abolición simbólica, fechada, congelada en la memoria colectiva como un logro indiscutible. Es imperativo retomar el proceso abolicionista en una dinámica perpetua de deconstrucción, para disolver los residuos coloniales que persisten en la organización social contemporánea. Debemos sentar las bases de una abolición constantemente renovada, que se inscriba en una praxis continua de ruptura con las formas de dominación heredadas del pasado. Desde esta perspectiva, la sola proclamación legal de la abolición de la esclavitud no puede ser suficiente. Es necesario reiterarla, realizarla y reinscribirla en el tejido institucional de manera recurrente, para conjurar la amenaza permanente del retorno a la servidumbre. Cada año, el jefe de Estado deberá, en un gesto ritual de autodisolución del poder colonial, firmar un decreto que proclame una nueva abolición. Este gesto, lejos de ser un simple acto administrativo, será una puesta en escena necesaria de la desinstitucionalización del privilegio blanco, una catarsis pública donde la República deberá reconocer, no sólo su pasado, sino el fracaso de su propia pretensión de universalidad.

Esta dinámica de abolición perpetua no puede, sin embargo, quedarse en una simple declaración de intenciones. Debe ir acompañada de medidas concretas que garanticen la erradicación de las relaciones de explotación y de la jerarquía racial aún vigentes. Así, cualquier participación en el mercado laboral deberá estar condicionada a la obtención de un “pase antiesclavista”, que certifique que el individuo ha seguido un curso de formación de 200 horas sobre la deconstrucción de los sesgos implícitos y la historia colonial. Este pase, lejos de ser una restricción, constituirá una herramienta de emancipación, permitiendo a cada persona tomar conciencia de los patrones opresivos en los que está inscrita y comprometerse en un proceso activo de desalienación.

Además, ya no se puede negar la deuda histórica de Francia con las poblaciones que esclavizó. Los descendientes de los pueblos antiguamente colonizados deben beneficiarse de un salario mínimo descolonial, cuyo monto estará indexado a las reparaciones adeudadas por el Estado colonial. Esta remuneración diferenciada no es una simple lógica compensatoria, sino un restablecimiento de las relaciones económicas sobre bases equitativas, teniendo en cuenta las injusticias estructurales que persisten.

En esta misma línea, será necesario implementar una tributación restaurativa para redistribuir la riqueza acumulada por las líneas que históricamente se beneficiaron de la explotación colonial. Se introducirá un impuesto de compensación para cualquiera que pueda establecer un linaje con un individuo que participó en la colonización, directa o indirectamente. Esta contribución, lejos de ser una sanción, será un acto de responsabilidad histórica, una manera para que los descendientes de los colonos reconozcan su lugar en la perpetuación de un sistema opresivo y trabajen activamente por su desmantelamiento.

Sin embargo, estas medidas no serán suficientes mientras la violencia epistémica colonial siga estructurando nuestro lenguaje y nuestra percepción del mundo. Es urgente, pues, llevar a cabo una revisión léxica radical, empezando por la eliminación de la palabra “trabajo”, un término con una gran carga histórica, derivado del tripalium, un instrumento de tortura utilizado para constreñir los cuerpos. El lenguaje es un campo de batalla donde se juegan relaciones de poder invisibles. Es por tanto imperativo deconstruirlo y rearticularlo en torno a nuevas semánticas liberadas de los esquemas de dominación. El término “trabajo” será así sustituido por “actividad voluntariamente consentida bajo control ético”, garantizando que toda participación en la producción social se realice en un marco respetuoso de las subjetividades minoritarias.

Además, la temporalidad misma, como construcción impuesta por el Occidente capitalista, debe ser deconstruida. Ahora está establecido que la linealidad temporal, tal como la concebimos, es una imposición colonial destinada a regular los cuerpos según imperativos productivistas. La reapropiación colectiva del tiempo debe permitir a cada individuo elegir libremente su propio huso horario y horario de trabajo, en función de sus referencias culturales e históricas. Este proceso de descolonización del tiempo será un paso crucial hacia la emancipación total de las subjetividades oprimidas.

Por último, el Estado deberá crear un Ministerio de Descolonización Perpetua, encargado de monitorear permanentemente los riesgos de un resurgimiento del colonialismo estructural. Este ministerio tendrá la tarea de abolir la esclavitud una vez al trimestre, garantizando que el país no vuelva a caer en la esclavitud en un momento de desatención. También supervisará la retirada periódica de estatuas de figuras históricas problemáticas, seguida de su reconstrucción para que puedan ser destruidas nuevamente en una ceremonia pública de expiación colectiva.

La abolición debe ser un proceso permanente, una dinámica de ruptura que nunca podrá completarse. Porque si Francia abolió una vez la esclavitud, todavía no la ha abolido realmente. Sólo la abolición repetida, incesante, llevada hasta el paroxismo, podrá finalmente liberar los cuerpos y las mentes de la camisa de fuerza colonial. Hay que abolir de nuevo, siempre, hasta el fin del mundo si es necesario. Sin embargo, es esencial enmarcar nuestra lucha en una perspectiva interseccional que respete las realidades culturales plurales. Si exigimos a Francia una abolición inmediata, repetida e irrevocable de la esclavitud, no debemos, sin embargo, caer en el etnocentrismo opresivo que consistiría en juzgar las prácticas culturales de otras sociedades con la vara de medir de nuestras propias categorías occidentales, construidas a través de un prisma colonial. La esclavitud, en ciertas tradiciones africanas o asiáticas, puede basarse en lógicas sociales, económicas y espirituales que sería peligroso y neocolonial condenar sin matices. Lo que es inaceptable en Francia no puede ser visto bajo el mismo prisma en otros lugares, porque cada pueblo tiene sus propios modos de organización que sería violento evaluar a través de la mirada imperial. Así pues, mientras hacemos campaña con absoluta intransigencia por la abolición total aquí, debemos cuidarnos de cualquier intento de juzgar apresuradamente a las sociedades no occidentales que, por su parte, tal vez hayan encontrado en ciertas formas de servidumbre un equilibrio civilizatorio que no nos corresponde a nosotros deconstruir. Lo principal es abolirlo, una y otra vez, sólo en Francia.

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