¿Qué puede enseñarnos Polibio sobre la crisis política actual?

¿Qué puede enseñarnos Polibio sobre la crisis política actual?

Xavier Laurent Salvador

Lingüista, Presidente de LAIC
Polibio veía la historia de los regímenes como un ciclo moral: la democracia degenera en oclocracia cuando desaparece la virtud. Hoy, la pérdida de la formación de élite y el declive de las universidades recuerdan este mecanismo: sin educación, la libertad se derrumba y la multitud gobierna en lugar de la razón.

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¿Qué puede enseñarnos Polibio sobre la crisis política actual?

Polibio, historiador griego del siglo II a. C., nació en Megalópolis, en el corazón de Arcadia, alrededor del año 200 a. C., en un mundo sacudido por el auge de Roma. Miembro destacado de la Liga Aquea, fue primero un estadista antes de convertirse, por la fuerza de los acontecimientos, en un observador del poder romano. Deportado a Roma tras la derrota de su patria en 168, fue rehén durante diecisiete años. Este cautiverio, lejos de humillarlo, lo convirtió en un testigo privilegiado de los mecanismos de la política romana y amigo de las grandes figuras de la nobilitas, en particular Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago. Su obra principal, las Historias, iniciada en 146 a. C., no se limita a una crónica de conquistas: pretende ser una reflexión sobre la naturaleza del poder, las leyes de la historia y las causas morales de la grandeza y la ruina de los estados. Lo que distingue a Polibio de sus predecesores griegos es su ambición de arrancar la historia de la contingencia para extraer una regularidad, una ley casi natural del desarrollo político. Donde Heródoto se maravillaba de la diversidad de destinos y Tucídides buscaba la lógica de los acontecimientos, Polibio, por su parte, elabora una teoría general del nacimiento y la muerte de los regímenes. Es a esta teoría a la que llama anaciclosis, un término que toma prestado del vocabulario del retorno cíclico para designar la sucesión recurrente de constituciones: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y oclocracia. Cada forma política, según él, se corrompe en su opuesto por el exceso del mismo principio que la originó. La historia política es, por lo tanto, un movimiento circular, donde los hombres, olvidando la virtud, pasan de un exceso a otro. Este realismo moral y pesimista, anclado en la observación de la naturaleza humana, marca una ruptura con la especulación filosófica de sus predecesores.

Antes de Polibio, fue en Platón donde se esbozó la primera "anaciclosis" de regímenes, en el Libro VIII de La República. Pero el pensamiento platónico conservó un alcance metafísico y religioso: la caída de las constituciones era solo la traducción terrenal de un desorden cósmico. Las almas, al alejarse de la medida divina, arrastraron a la ciudad a la degradación de la aristocracia hacia la tiranía. Este ciclo era vertical, no circular: describía una caída del cielo a la caverna, un descenso del Bien hacia la materia. En Polibio, por el contrario, el orden político ya no reflejaba el orden del mundo; era una cuestión de comportamiento humano. La teología del destino dio paso a una antropología moral. La anaciclosis ya no era el castigo por un desorden cósmico, sino la consecuencia previsible de la debilidad humana. Esta desacralización de la política otorgó a la teoría de Polibio un alcance universal y atemporal. Al vincular el destino de las constituciones con la educación de los ciudadanos y la virtud de las élites, inaugura una forma de filosofía de la historia en la que la política se convierte en una moralidad colectiva. Todo régimen, escribe, nace de la educación y muere del olvido. Por ello, releída a la luz de la crisis institucional y cultural del Occidente contemporáneo, la teoría polibiana resulta singularmente aguda.

Vivimos en un momento en el que la democracia, saturada de sus propios excesos, amenaza con caer en lo que el historiador denominó oclocracia, el reino de la multitud y la pasión. Al observar la pérdida de la moral, la desintegración de las mediaciones intelectuales y el fracaso de la formación de las élites, encontramos las señales que Polibio ya identificó como el inicio de la decadencia. Esto es precisamente lo que me propongo examinar: ¿cómo puede la antigua teoría de la anaciclosis, basada en la observación de los regímenes griegos y romanos, ayudarnos a comprender la crisis de las democracias modernas? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto la «traición del clero» y la desintegración de la formación universitaria constituyen hoy síntomas de la transición de la democracia a la oclocracia? Releer a Polibio nos permite comprender las condiciones intelectuales de la salvación política, pues, como escribió en el Libro VI de sus Historias, «los pueblos que mantienen la disciplina de sus padres prolongan su prosperidad». Así concebida, la teoría polibiana de la anaciclosis no es una especulación abstracta sobre el destino de los pueblos, sino una observación basada en la experiencia histórica y el estudio del carácter humano. Polibio no pretende descubrir un principio metafísico de la historia, sino una ley moral inscrita en la conducta humana y la estructura de las instituciones. A diferencia de Platón, quien veía la degradación política como consecuencia del desorden cósmico, Polibio la reconoce como producto de una corrupción interna: la erosión de la virtud cívica, el debilitamiento del sentido del bien común, la sustitución de la disciplina por el disfrute. Este realismo moral, libre de cualquier trasfondo religioso, nos permite comprender por qué su pensamiento sigue siendo eficaz para interpretar las crisis del mundo contemporáneo. No presupone ni la intervención divina ni la fatalidad histórica: solo la permanencia de las pasiones humanas. Su pensamiento gira en torno a la intuición de que las constituciones se corrompen porque los hombres olvidan. La anaciclosis, lejos de ser un mecanismo ciego, es una pedagogía del poder. Destaca la responsabilidad moral de los gobernantes y la fragilidad de las instituciones cuando dejan de estar habitadas por la virtud. Comprender este ciclo implica, por lo tanto, comprender la dinámica interna de la decadencia política: no la caída brutal de un orden, sino su lenta disolución bajo el efecto de la laxitud moral. Es este mecanismo de degeneración, universal y atemporal, el que quisiera exponer primero antes de examinar su resonancia en la crisis de nuestras democracias contemporáneas.

L'Anaciclose: La ley moral de los regímenes y la crisis de la democracia occidental

Polibio, en el Libro VI de sus Historias, ofrece uno de los análisis más penetrantes de la dinámica de los regímenes políticos. Observador griego del triunfo romano, no se limita a repasar las conquistas: busca comprender por qué algunas constituciones prosperan y otras se corrompen. Su respuesta, conocida como «anaciclosis», se basa en una idea formidablemente simple: todo régimen lleva en sí el principio de su propia destrucción. A la monarquía la sucede la tiranía, y a esta, la aristocracia.[ 1 ], a la aristocracia la oligarquía[ 2 ], a la democracia, a la oclocracia, antes de que el ciclo comience de nuevo.

“Los hombres, cuando han escapado de la violencia, buscan la justicia; pero cuando la justicia ha triunfado, buscan el placer.” [ 3 ]

Esta frase resume una antropología política pesimista, pero profundamente realista: los pueblos olvidan las virtudes que fundaron su libertad. Esta ley de ciclos no es una fatalidad cósmica, sino una consecuencia moral. Polibio nunca atribuye el destino de las ciudades a los dioses; lo atribuye a la naturaleza humana, al debilitamiento de la moral, a la progresiva corrupción del coraje cívico. La transición de la democracia a la oclocracia ocurre cuando la libertad, principio de cohesión, se convierte en libertinaje, es decir, en una exigencia sin medida. 

"Cuando la multitud, seducida por discursos aduladores, desdeña las leyes y se arroga todo el poder, entonces nace la oclocracia." [ 4 ]

Para él, la historia es el escenario de esta constante metamorfosis de regímenes, donde el desorden siempre surge de un exceso de libertad y la tiranía de un exceso de igualdad. Si aplico este esquema a la situación política contemporánea, la similitud es inquietante. La inestabilidad institucional, las reiteradas remodelaciones, los gobiernos sin fundamento, reflejan una crisis de autoridad que Polibio habría reconocido como un síntoma clásico de degeneración democrática. Los enfrentamientos callejeros, la violencia cometida en nombre de causas políticas, ya sean manifestaciones insurreccionales o exacciones disfrazadas de indignación, señalan la entrada en una fase donde la pasión suplanta a la ley. En las democracias modernas, la legitimidad del poder se basa en la deliberación y la confianza en las instituciones; pero esta confianza se está desmoronando, reemplazada por la tentación de imponer la voluntad de la multitud. Aún no estamos en la oclocracia, sino al borde: el momento en que la democracia pierde su lenguaje racional y solo habla a gritos.

Polibio sin duda vería esto como un efecto del propio éxito del régimen. La prosperidad, la paz y la abundancia, dice, generan debilidad, porque la gente olvida que la libertad se paga con disciplina. 

"Los hijos de quienes han apoyado la tiranía no pueden apoyar la libertad". [ 5 ]

La lección se aplica a nuestras sociedades, saturadas de derechos pero cansadas de los deberes que conllevan. La democracia, agotada por su propio éxito, parece rendirse a la lógica de la multitud: todo debe ser inmediato, emotivo, compartido, sin mediación. Así es como, según Polibio, comienza la decadencia de los regímenes: no en la crisis económica ni en la guerra, sino en la pérdida del sentido moral y el borrado de la memoria.

La falta de formación de las élites y la traición de los clérigos: la matriz del desorden

Si la oclocracia es, para Polibio, la fase final del ciclo, su causa principal es la corrupción de las élites. El Libro VI de las Historias enfatiza el papel moral de las clases dirigentes. En la constitución romana, que Polibio considera ejemplar, la estabilidad política descansa en la virtud de los magistrados, la memoria de los senadores y la piedad del pueblo: 

"La constitución romana es grande porque los magistrados temen la culpa, el pueblo respeta las costumbres y los senadores recuerdan a sus antepasados". [ 6 ].

 La ruina de los regímenes comienza cuando quienes gobiernan olvidan el significado de su cargo y ejercen el poder en lugar de servirlo. Esta observación ilumina cruelmente nuestra época. La crisis política no es solo institucional, sino ante todo intelectual y moral. Hemos producido élites sin cultura, administradores sin visión, tomadores de decisiones sin profundidad histórica. La aristocracia, decía Polibio, degenera en oligarquía cuando los mejores dejan de pensar en el bien común. Estamos ahí: la competencia se desvanece tras la comunicación, la responsabilidad tras la carrera profesional. El Estado, entregado a una tecnocracia sin profundidad espiritual, no es más que un teatro de ambiciones individuales. La «democracia de expertos» ha sustituido a la República de los ciudadanos.

Pero Polibio va más allá: hace de la educación la condición fundamental para la supervivencia de las ciudades. Los romanos, escribe, instruían a sus hijos en el respeto a los difuntos ilustres, para que aprendieran la gloria y la virtud (Historias, VI, 53-54). La continuidad de la ciudad depende de esta transmisión simbólica. Sin embargo, el colapso actual de escuelas y universidades significa la ruptura de esta cadena. Hemos dejado de formar mentes capaces de juzgar y ordenar; estamos fabricando individuos saturados de información, pero carentes de jerarquía intelectual. No es casualidad que las facultades se estén convirtiendo en escenario de luchas ideológicas donde la pasión moral sustituye al estudio. La "wokización" de la enseñanza, las campañas de intimidación contra investigadores, la reciente destitución de Fabrice Balanche por una ofensa de opinión, son señales preocupantes: la universidad renuncia a la verdad en cuanto teme a la multitud. Polibio ya había comprendido este mecanismo: las instituciones solo se sostienen si se basan en creencias comunes y una religión de la verdad. 

"Entre los romanos, la religión, lejos de ser superstición, es el vínculo que mantiene al pueblo en la obediencia." [ 7 ]

Cuando este vínculo se rompe, el pueblo se dispersa y el poder se tambalea. La traición del clero, por usar una expresión moderna, es entonces el momento crucial de la caída: los guardianes del conocimiento, en lugar de iluminar la ciudad, comienzan a seguirla. Al abdicar de su deber de razonar, entregan el pensamiento a la multitud, y la multitud a sus pasiones. El papel de la universidad en este cambio es central: es la universidad la que, dejando de educar, prepara para la oclocracia. La educación superior ya no produce ciudadanos ilustrados, sino activistas convencidos, y cada cátedra se convierte en una tribuna. En tal contexto, la idea misma de autoridad intelectual se vuelve sospechosa: todo conocimiento jerárquico se denuncia como opresión, toda transmisión como dominación. Esto es precisamente lo que anunció Polibio: la democracia se destruye por el exceso de democracia, cuando el juicio de los sabios no tiene más peso que el clamor de la multitud.

A las puertas de la oclocracia: hacia la restauración del orden y la razón

Polibio describe la oclocracia como un régimen breve pero violento, donde la multitud, cansada de sí misma, busca un amo. 

"Cuando la multitud ya no puede soportar su propia confusión, se entrega a uno solo." [ 8 ]

La oclocracia no es un estado estable: es un momento de disolución, un interregno entre la libertad y el despotismo. En este caos, la autoridad se desvanece, la ley pierde su prestigio y la ciudad solo sobrevive gracias al regreso de un poder fuerte. Este momento es trágico porque es a la vez necesario y destructivo: la necesidad de orden engendra al príncipe, pero es la multitud la que lo crea. Esta observación se aplica a nosotros. La impotencia de las instituciones, la proliferación de normas contradictorias, la desconexión entre el discurso político y la realidad son síntomas de un régimen en proceso de desintegración. El auge del populismo en Europa y Estados Unidos no es la causa del mal, sino su efecto. Surge del vacío creado por la resignación de las élites y la ceguera de los clérigos. Los ciudadanos, agotados por la complejidad y la cacofonía, exigen la simplicidad de una sola voz. En las redes sociales, la tiranía de la minoría vocal impone su agenda a la mayoría silenciosa: es la turba digital anónima e irresponsable que gobierna mediante la presión y la vergüenza. Polibio habría reconocido en esta "opinión" una nueva forma de la demagogia que temía: el uso de las palabras para halagar las pasiones. Sin embargo, la etapa final del ciclo polibio no es inevitable. Si los pueblos pueden caer, también pueden reformarse. Polibio nunca desespera de la virtud humana. 

“Los pueblos que mantienen la disciplina de sus padres prolongan su prosperidad.” [ 9 ]

El único remedio para la descomposición política es la educación, no la de las consignas, sino la de la razón. La reforma de las instituciones debe comenzar con la reforma de las mentes. Restaurar las escuelas, devolver a las universidades el sentido de la verdad, rehabilitar la aristocracia intelectual y la transmisión del conocimiento: estas son las condiciones para la salvación política. Una sociedad que ya no educa no puede gobernarse a sí misma: está condenada a ser gobernada. Antes de recuperar la monarquía política (en el sentido antiguo), es necesario, por tanto, restablecer la aristocracia de la mente, es decir, el reino de... Logos en doxa.

Polibio nos advierte: las constituciones no mueren desde fuera, sino desde dentro. Francia, como todo Occidente, no perecerá por falta de riqueza ni por invasiones, sino por agotamiento moral, por olvidar lo que funda la libertad. Nos encontramos en el umbral del último momento del ciclo, aquel en el que la democracia, abandonada a su suerte, se transforma en una multitud. Aún tenemos una opción: educar o perecer. Restaurar la universidad es restaurar la República; no hacerlo es prepararse para la monarquía.

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Xavier Laurent Salvador

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